MENORQUEANDO

Ahí abajo ruge el mar con un estrépito que conforta. Es el mismo torbellino que moldeaba estas rocas cuando los antropoides se comían los hígados de sus hermanos.  Y asi seguirá, mordiendo la piedra, hasta el ocaso infinito.

MENORQUEANDO

MENORQUEANDO

Este mar de Febrero es otro. No está alterado por la sumisión al sol y al abigarramiento. Solo es sigilo y rumor. Las casas vacías, los senderos sin huellas. Ausencia de multitud. Solo merodea un código secreto para disfrutar del enmudecimiento sin coartada.

ANNIVERSAIRE FUGIT

Este domingo, 28, cumplí un nuevo año en esta tierra de las mil danzas y para festejarme huí a esta fronda con mi alma a cuestas.

Por aquí deambulé sin mapa buscando el centro del laberinto. Fui relativamente feliz agotándome en el intento. El silencio esmaltado por inciertos rumores intuidos fue un compadre cómplice. Apenas sirvió para apaciguar el múltiple rastro de la pérdida pero cuando acabó supe que, en parte, había funcionado como un ansiolitico fugaz.

Algo más tarde, envuelto en la hojarasca, supe que en esta misma jornada nació el pintor Pollock, el escritor Kadare, el músico Robert Wyatt, Tomas de Aquino, el explorador Stanley o el cínico Ernest Lubitsch. A todos ellos, en una hora calma, les ofrecí un trozo de ese cielo traslúcido. Apaciguado regresé al pueblo para comer largo y tendido y fumar los 129 Milímetros del Cohiba Petit Corona que había arrastrado hasta la Selva para celebrar que unos cuantos aminoácidos todavía no me han abandonado. Hasta este punto llega la épica de mis días.

ERAN AQUELLAS NOCHES…

Prefería siempre que la niebla nos acompañara. Era vital que la noche se recogiera a sí misma entre sombras y que a cada paso se deshilara el espacio. Necesitaba la irrealidad del rito antes que la lúz atravesando ,cruel, la ficción.

En aquellos días, en la casa de nuestros padres, el frío del Enero de Teruel era la advertencia de un ensueño feliz, de la inmediata recompensa que, sabía, se arrastraría de madrugada a los pies de mi temblor.

La niebla, firme, opaca, oscureciendo la tarde era un presagio descifrado, el láudano que necesitaba, el mapa de los deseos. Ya no hemos vuelto a creer en nada con una certeza más sólida. Aceptábamos el misterio como una prolongación del bienestar que nos proporcionaba saber que iba a ocurrir.

Aquella niebla helada no se entrometía; simplemente, era el escenario preciso para que aparecieran, magos, los que venían a remediarnos del tedio y el desasosiego.

5 de Enero. 18 Horas. Mil años después de aquellas noches…

Y SOMOS ASÍ CUANDO NOS VAMOS

Fue así. Mediodía de la última jornada del año. Comía en un restaurante cercano con su hermano. Suena su Móvil. “Ya estáAcabemos de comer…” Pero no pude y regresé corriendo a la 911. Se había ido al Otro Lado hacía unos minutos. Toqué con lentitud su brazo derecho; transmitía todavía calor. Sin embargo, su rostro, afilado por la crisis y el vértigo, estaba desencajado. Sorprendido y agotado. Había  muerto.

Apenas siete días, ásperos, brutales, arbitrarios, sin deliberación entre nosotros, sin atarnos con adioses apresurados. A cada TAC, la Carcoma se extendía sin tregua. Líquidos, latidos, trombos, isquemias, jadeos ácidos, células ajusticiadas. Y a cada paso, en cada intervalo postrero, los especialistas me dosificaban la información que, gradualmente,  cerraba el círculo de un Diagnóstico obstinado. El fin…

MUERTE

Y, al cabo, la sedación para hacer sencillo el transito y verla como se va sin más, como sí el tiempo solo fuera una nube que se pierde al otro lado del cristal.

De esta manera, al filo de la última noche del 17, no vuelvas jamás, se acaban 32 años de afectos y distancias en el laberinto.

………

A partir de entonces, velocidad y desasosiego: palabras que pretenden ser balsámicas pero que no dejan huella. No consigo llorar. Preparamos, el funeral, las flores, los respingos del adiós incinerado. Y de pronto, no queda nada, cenizas y rosas rojas. Así somos cuando nos vamos.