La Biopsia

LA BIOPSIA

Esta mañana, acompañado por E. , por una leve llovizna y por mís hipocondrias favoritas, he ingresado en la clínica. Me van a practicar una biopsia de próstata. Una peripecia en la que van a hurgar en mis cuevas interiores, van a sajar zonas sensibles en presuntos tejidos hostiles y van a husmear la presencia del la carcoma en territorio amigo. He acudido con toda la mansedumbre de que soy capaz  y, pese a todo, con el ánimo distendido. En el mostrador de recepción, para empezar el día,  he firmado papeles y he enseñado documentos, a una administrativa que me ha escudriñado con fríaldad profesional. Yo deseaba una mirada cálida y una sonrisa afectúosa, pero sólo he recibido rigor técnico y una orden perentoria: “Esperen en esa sala; enseguida le acompañarán a la habitación.”

Y lo han hecho con celeridad. Habitación 26. Allí me he disfrazado con ese noble y austero camisón azul-cielo anudado al cuello que tan inermes nos muestra. E. se ha divertido a gusto con mí aspecto.  Con las posaderas al aíre, he soportado estoícamente que una enfermera me haya introducido, con saña diligente, un enema preventivo, otra me haya pinchado una vena y un auxiliar me haya rasurado el teatro de operaciones donde van a rastrear posibles células malignas.

Una hora después, que he consumido escuchando los rugidos de Van Morrison en el MP3 , me han bajado hasta el sótano, a la zona quirúrgica. En el ascensor, el celador que me trasladaba me ha comentado una noticia que desconocía en ese momento: el Ministro Rubalcaba ha pasado por mí inmediato trance hace unas horas. Todo ha ido bien, ha añadido con una sonrisa excesiva. Mientras me arrastraba por un lóbrego pasillo ha completado la información con la que, sin duda, ha pretendido estimularme: “ De todos modos, el Ministro ha salido de la Biopsia con una infección urinaria y está ingresado en la UCI……………….”. Ya…, he acertado a decir con un hilo de voz y  expresión taciturna.

El informado celador me ha aparcado en un estrecho habitáculo anejo al quirófano. Allí se amontonaban en un desordenado caos  cajas de cartón y material sanitario diverso. No me ha augurado nada bueno ese barullo negligente . En ese paréntesis, he firmado al anestesista un documento por sí no regreso del lado oscuro. Entretanto, he oído  voces y dos enfermeras con mascarilla han cruzado ante mí hablando del suegro de una de ellas, mientras me observaban con curiosidad zoológica.

Unos minutos después me han trasladado, por fin, debajo de una gran lámpara circular con ocho potentes focos blancos. Me han abierto las piernas, flexionadas. Hacía frío. Mi urólogo favorito, impecablemente uniformado de verde, me ha dedicado un par de zalemas . Un reloj de pared frente a mí estupor marcaba las cuatro y diez de la tarde.  He pensado en el mar.  En ese instante me he sumerjido en las tinieblas.

Ahorarré detalles. Cuatro horas después ya estoy en casa. Tengo que beber mucha agua. Litros, me han ordenado. Por ello, cada diez minutos me precipitó al baño para orinar un líquido marrón. En cada uno de esos momentos, he evocado al Ministro Rubalcaba; he de decir que lo he hecho sin desdén, pero con sorna: tranquiliza pensar como el Mal nos equipara a todos.

Para acabar el día y antes de la, supongo, larga noche, he revisado, entrecortadamente, EL CABALLERO OSCURO .  De paso, me ha divertido,  en cada uno de  los innumerables y atropellados paseos entre el sofá y el inodoro,  elucubrar sobre la próstata de BATMAN .

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