Una de Marxianos

UNA DE MARXIANOS


Historia sugerida por una anotación fugaz en el Blog  VIDASDEPRESTADO.


Yo también fuí marxiano de saldo. Las cosas ocurrieron en el siglo pasado. Hace ya demasiado tiempo, cuando aterrizé como un venusiano en la Universidad de los años 70, para estudiar Periodismo. Fué en  Barcelona. Llegué desde la inopia al mismo centro del huracán sin apenas había leído. En aquel momento me gustaba Baroja y devoraba las novelas de Mickey Spillane. Eso era todo. Entonces, durante el primer trimestre, tuve que leer, con calzador, un breviario de Mister Engels( en la imagen) sobre el socialismo científico y escribir  un ensayo de 10 páginas para seguir adelante. Lo hice, puntué con una nota discreta y todavía no sé como.  La consecuencia fue que sufrí un proceso arrebatado de auto-estima. Así, en las primeras vacaciones me precipité, por ejemplo, a escribir un panfleto abyecto contra el concejal de Fiestas de mi pueblo. Arrogante, le menospreciaba por el modo en como había planificado los festejos. Lo rebozé con toda la metralla ideológica que había consumido sin digerir. Que injusto, que ofensivo fuí.  Pero cabalgaba encima del tigre y ya no podía parar.

En pleno frenesí, hice cosas que por entonces me colmaban, como robar una edición de bolsillo de El Manifiesto Comunista en un kiosko de las Ramblas, dejarme  barba y aprender a desguazar al prójimo con la verborrea que nos inoculaban los manuales, los penenes y las asambleas.  Lo había conseguido:  era un engreído con jerga.

En la sopa de letras del torbellino político de aquellos días, la pandilla y yo, recalamos en la órbita de un grupúsculo leninista. Era la escisión de una escisión. En sus mítines me excité cerrando el puño por primera vez y grité todas las consignas que iban a cambiar el mundo.

Por la noche, bebíamos cerveza en el barrio chino y charlábamos de la quimera hasta el amanecer.

Yo era, pues, un marxiano confeso y cosmético. Un palurdo presuntuoso. Apenas sabía nada pero me lo pasaba muy bien. Aquello duró unos años.

Sin embargo el vértigo de esos días terminó, de pronto, abruptamente. Los patricios de nuestro mini-partido se compraron corbatas y acabaron ingresando en los consejos de administración. Para domesticar al capitalismo, aseguraban. Yo, en cambio, descubrí la novela negra, a Camus y a pensar por mí cuenta.

El viejo topo se había  transformado en un armadillo. Comenzó un tiempo nuevo: un descenso deliberado por un tobogán infinito en busca de mi yo.

Treinta años después el merodeo ha concluido. Ahora solo creo en la libertad individual y, acaso, en la muerte.

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