Finlandia

FINLANDIA

Anoche soñé que viajaba a Finlandia. Esta mañana, mientras agito con parsimonia la bolsita de té verde en el agua hirviendo, recupero fragmentos deshilachados del espejismo: un avión, azafatas altas, rubias y casi transparentes y un señor con jersey de cuello alto y un extraña barba blanca y afilada que me ofrece un vaso repleto con un líquido del que no guardo ningún sabor. Se que era Finlandia mi destino aunque, ahora mismo, no tengo más pruebas; sólo la certeza de que en la ensoñación todo era evidente. No es raro, ese remoto país gélido es mi arcadia féliz y en sublimarlo me recluyo cuando estoy harto, triste o enfermo.

Pero el sueño se desvaneció de pronto. Eran la tres y cuarto de la madrugada, tenía la boca seca, me dolía algún punto indefinido en las entrañas y no había ninguna rubia a mí lado. Me dediqué entonces a recapitular las últimas horas. Había estado cenando con Beatriz y  la sobremesa había sido larga. Celebrábamos que la biopsia había salido bien y que no había signos de estropicios celulares en mí próstata. Estuvimos en uno de esos restaurantes Sakura que proliferan tanto como los gestos gratuitos y bebimos jarritas de sake como si el mundo fuera a suicidarse en la próxima hora.

Entre trago y trago, leves arrumacos y palabras envenenadas, mantuvimos una conversación civilizada sobre todo lo que nos está separando y sobre que hierros ardiendo nos van quedando antes de que todo concluya. Adobado todo con risas y sarcasmo.

La última copa y el último amago por rebrotar una cierta armonia en nuestro desapego progresivo, la compartimos en mi bar favorito, un rincón en el casco viejo, donde hay aromas de incienso y las conversaciones son un ligero susurro.

Fue allí,  cuando le dije que a veces, como en ese instante, me gustaría huir a Finlandia,  encerrarme en una cabaña de troncos junto a un lago gris en sus bosques infinitos y olvidarme de las cosas. Beatriz se limitó a esbozar una mueca entre el cinismo y la ironía. Lo ha escuchado tantas veces… Comprendí que recurro en exceso a esa ficción aburrida y que ya no funciona, ni siquiera como recurso para diálogos soporíferos. Me encogí de hombros.

Luego, en la calle, paseando sin hablar, nos miramos a hurtadillas y decidimos que era mejor no intentar clausurar la noche juntos. Nuestra tenue amistad podría sobrevivir ahora que el amor languidecía, sino forzábamos rituales carnales  pulcros pero sin  llamas. Demasiado sexo sin sudor.

Nos despedimos con una tibia complicidad  y preguntas en el aíre que contestaríamos otro día. Prolongar la inercia. Finlandia, mi mandala, pensé, allí sí que las cosas serían  diferentes. El silencio, el frío, la inmensidad de los espacios y las noches desmesuradas, ayudarían.

Camino de casa, un hombre de barba y enmarañada acomodaba su cama de cartón en un cajero de Ibercaja. Al pasar a su lado, intenté resistir su mirada. El me ofreció una botella envuelta en periódicos. Le sonreí.

En el ascensor, observé mi lengua y una pequeña magulladura junto al ojo izquierdo. Notaba pinchazos sordos en las sienes y la acidez gástrica avanzaba sin remedio. Mañana, pensé, tengo que llamar al dentista y recoger la chaqueta de la tintorería.

Más tarde dormí mal y soñé con la hermosa Suomi . Ahora el maldito te verde se ha enfríado y la cabeza me duele como si alguien me estuviera taladrando el occipital con un martillo pilón.





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