Bogart en la jungla de papel

Bogart en la jungla de papel

Recojo el guante. Hoy me disfrazo de Bogart para una excursión obligada a las fauces de la administración. Un simulacro para atravesar ese territorio inhóspito con el disfraz de  héroe cínico.

Centro de Salud. Interior. Día. Estoy acomodado en una fila desordenada frente al mostrador donde reparten las recetas de la seguridad social. Para entretenerme, me he dibujado una mueca bogart un punto insolente, a medias entre el desdén y la acritud, me acaricio el lóbulo de la oreja derecha y espero. A mí lado, el respetable, impaciente, hojea periódicos gratuitos y se lamenta de la lentitud de las funcionarias que, al otro lado del mostrador, teclean el ordenador con gesto impávido y se mueven con lasitud entre los papeles. Hay demasiados niños correteando entre las piernas de mama, enfermeros fumando en la calle y visitadores médicos, con el nudo corredizo de la corbata desgalichado. No hay banda sonora pero se oyen toses crudas, como estertores,  y conversaciones entrecortadas donde abunda la expresión: siempre igual…

La fila avanza cansina;  yo, para divertirme, incrusto mi fría mirada en la mujer que dispensa los papeles. Ella pasa de mí con ostentación. Sonrió, mientras que con el pulgar de la mano derecha acaricio suavemente el labio superior y me muevo con un incipiente nerviosismo. Un cuarto de hora y quince ancianos después, entregó mi tarjeta a la boa constrictor. Enarca la ceja izquierda y con voz aguda pregunta…Recetas ?. Estoy a punto de contestarle, “claro, nena…” . Pero me contengo. Mi disfraz bogartiano no llega a tanto.

En la calle, con mí dósis de pócimas químicas aseguradas para las próximas semanas, camino tres manzanas hacia el Norte. La ciudad hierve agredida por el ataque sorpresa de un frente térmico africano. Sudo apatía y detritus, mientras me acerco a las oficinas del INEM. Tengo que sellar mi tarjeta de parado de cuello blanco para que no invaliden mis derechos y bla, bla…Suena el móvil; me llama Pedro para recordarme que esta tarde nadamos en el Pabellón de Las Fuentes. Lo había olvidado.

Escena Dos. Interior. En la oficina de empleo a Boggy le espera otra cola. Hay inmigrantes husmeando en el tablón de anuncios. Un reportero pregunta abúlico a dos mujeres que han terminado su ronda en busca de trabajo; no parecen felices. Un poco más allá, dos funcionarios charlan relajados junto a una mesa repleta de carpetas azules y media docena de cactus pigmeos. En los marcadores digitales parpadea en rojo el número 125. Una chica con el pelo verde se levanta perezosa y se pierde por un largo pasillo.

En el mostrador aguarda otra funcionaria, mejillas excesivamente palidas y  gafas con montura color granada. Por provocar, le explico, con voz ronca, que la contraseña que me dieron hace tres meses para fichar por Internet no funciona. Me observa por encima de los cristales, tuerce la boca, labios delgados, resopla y afirma hosca: “Mi trabajo es sellar; no se nada más.” La miro con desgana, absorto en sus ojos herméticos. Tal vez Bogart, los dos pulgares en el cinturón, la sonrisa ladeada,  amagara una solución drástica pero yo, vuelvo a no ser él,  me limito a forzar un  rictus que pretendo innoble y escupir con insolencia un “Adios.Buenos Días” que, lo reconozco, suena mal, como un petardo amañado. Ella replica: “Oíga, más educación”.

Pero ya la he olvidado. Entro en el bar de mi amigo Huang y bebo una cerveza rápida. Debería acabar esta mañana hiriente con una visita al Banco. Tengo una conversación pendiente sobre dinero que se convierte en humo, pero he agotado mi caudal de sarcasmos. Mejor me paso por el Mercado, por la frutería de Adrían y compró unas fresas y un par de pomelos.

Mediodía. Plano americano. Exterior. Bogart camina indolente, los hombros caídos. Dobla la esquina y se pierde. Yo vuelvo a ser yo. Entonces me topo con una pintada en la pared de una pequeña librería que ha quebrado. Un corazón y dos nombres.


Me pasma esta miniatura que me explica  lo  que estamos siendo.Su efecto me impulsa, sin demora,  a cerrar esta mañana esquinada y a esfumarme. Bogart ya se ha ido al sueño eterno y ésto es lo que hay.

THE END

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