EL CICERONE

Un hombre sin ojos, encaramado en un risco, asiste al nacimiento del día en la hendidura quebrada de un valle silencioso.

 A sus pies un San Bernardo gruñe acompasado. Explica a su amo los cambios de luz que un sol desvaído entre cirros, viene provocando entre las ramas esmaltadas de los abetos.

 El hombre sonríe complacido, dado que los ojos del perro son los suyos antes de que éste se los emasculara en un doble mordisco, del que no guarda ningún rencor.

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