TREINTA Y SIETE GRADOS – I

 En un pequeño claro del cesped reseco, observo el destello de un preservativo mohoso y varios envoltorios rugosos de Lakasitos. Ese hallazgo entre hormigas,  me incita a imaginar una historia fugaz, un metesaca furtivo y prematuro.  Mientras,  un Ebrobus se desliza por el río adornado con una bandera palestina, acompañada de esas jaculatorias victimistas y aburridamente excesivas.  A mí lado, dos ancianos, con sandalias y calcetines negros sin elástico, sentencian a gritos sobre las obras del tranvía, los impuestos y los sueldos de los políticos. De una casa próxima, donde cuelgan a secar ropas de trabajo, sábanas descoloridas y una colección de bragas negras, se expanden voces aíradas en un idioma que desconozco.

Bostezo, me rasco la oreja con una fricción suave y circular, miro la hora por cerciorarme de la eternidad de una tarde de Julio y estiro las piernas sobre la áspera hierba.

Siesta

Atardecer caliginoso en la ciudad. Un domingo de otro maldito estío. Arrastrando los pies de un lado a otro. Por la espalda, el sudor recorre parsimonioso un largo trecho que me incomoda. Tengo sed y una incolora sensación de lasitud,   como si estuviera vagueando por entre cactus y  polvo amarillo. Treinta y siete grados. 

Calor

El mar y las charlas desmayadas en medianoches de arena tibia y digestiones lentas, tendrán que aguardar hasta Septiembre. Hasta entonces, un lento sopor indolente nos aletargará sin arredrarnos, en una travesía de lentas horas sin sorpresa y sueños calcinados. Continuará…

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