TREINTA Y SIETE GRADOS-IV

Domingo de Agosto. Mediodía. Nos aproximamos lánguidamente a los 40 grados y la ciudad es un cascarón vacío. Voy arrastrando los pies por calles donde ni siquiera se escucha el eco de los ausentes. Hasta los pájaros han enmudecido. No hay viento. Sólo una calma masiva, ardiente, densa. Me cruzo con otros zombies como yo; caminamos con la quijada clavada en el pecho, la mirada somnífera, la piel traslúcida de sudores acumulados. Deambulando sin aliento por un paísaje desnudo y a la vez extrañamente hermoso.

 

La ciudad aparece limpia y silente. Los bares están cerrados. El sol abrasa las marquesinas y no hay niños. Solo tipos solitarios zigzagueando en busca de rincones en sombra. La luz del mediodía nos enciende como un ascua. Hay una serenidad entre angustiosa y plácida, de una extraña pureza. Como sí una nube tóxica hubiera reducido la ciudad al principio de las cosas. Sin hombres. Solo espejismos, algunas lagartijas serpenteando entre la basura y el sonido sordo de los aparatos de aíre acondicionado.

Pero donde están todos…claman estos columpios huérfanos de gritos.


Pues fugándose de sí mismos antes de volver de nuevo;  supongo. Como siempre.

Entretanto, en estos desfiladeros de hormigón y fulgor somalí, ni siquiera se levanta el polvo a mí paso. Es como si el tiempo se hubiera detenido y solo quedaran los fantasmas. Las dos de la tarde, regreso a casa.  Silencio.


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