TREINTA Y SIETE GRADOS – y VII


Punto y final. El verano ya se fue, aunque continúan sus rescoldos en estos primeros días de Octubre: esa reminiscencia anacrónica de 33 grados en Bilbao y una sequía bíblica en los campos de Yerma Country. El calor es ya, a estas alturas, un efecto anodino, zafio y cansino, no agresivo pero molesto; es como el escenario costumbrista de una desidia sin control.

Sigo en pantalón corto, desvestido en este Otoño zaíreño, donde la gente callejea con un rictus de abulía en la mirada, atrapados en un velo de perezosa rutina donde todavía es necesario el abanico y las  bebidas heladas. Una transgresión canicular, una fiebre sin sed. Un rollo.

Por lo demás, la ciudad ya he recuperado su alma. Las multitudes pueblan las aceras, las cicatrices de las obras siguen abiertas, los contenedores continúan ardiendo en las madrugadas calientes, los jardines son como yesca reseca, han regresado las colas al  INEM y a las puertas traseras de MERCADONA por donde se evacuan los despojos y en mi barrio los chinos han abierto media docena de negocios más.

Mientras tanto, me dedico a revisar la segunda temporada de Los Soprano y he descubierto un Blog que me incita, EL APRENDIZ AL SOL. La vida sigue. Pero el verano ya ha muerto en mí corazón. Fin.

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