ON THE BEACH

Me atrae, mucho y siempre, la aspereza taciturna de algunos músicos. Esa manera convulsa de arrastrar la desolación por un mar de lava. Entre mis favoritos, Neil Young. Lo prefiero, sin duda, en su primera epoca de lobo solitario. Especialmente, en la década de los 70  y sobre todo en sus discos más sombríos y turbios: TIME FADES AWAY, TONIGHT´S THE NIGTH y ON THE BEACH.

Su música, en aquellos días, era cortante como un cuchillo. Aquellas canciones guardaban dentro de sí, el secreto de la desesperanza. Una fuerza bruta que hervía en sus cadenciosas baladas apenas masculladas o en su largas y tortuosas peroratas eléctricas. Como un huracán.

Young en aquel pliegue de mi historia personal, se convirtió en tormento y fuga. Una especie de exorcista. El hermano mayor que nunca tuve y que me enseñaba a zigzaguear entre el abismo y la melancolía.

De sus canciones, a las que regreso a menudo en una peregrinación entusiasta, escojo en este momento ON THE BEACH, una salmodia deprimente  que me obliga, cuando la escucho, a recogerme en un ovillo y dejar pasar el tiempo sin mover  un músculo.

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