UNA MUJER DUERME

En el claustro cálido de un cajero automático, tecleo con parsimonia para que ese vientre insaciable me suministre un escaso puñado de papeles azules. A nuestros pies, en un lecho de cartón, una mujer duerme amurallada en una manta de cuadros amarillos y marrones; junto a ella,  bolsas de plástico llenas de escombros alimenticios y ropas arrugadas diseminadas como hojarasca.

 

Aprieta con sus manos un bocadillo diezmado. Tiene una expresión limpia y serena. Emite un ligero gorgojeo que parece relajado. Es rubia, delgada, con rasgos angulosos y un pequeño archipiélago de venillas azules por todo el rostro. Beatriz musita que tiene una extraña belleza antigua. A mí me recuerda a Barbara Stanwyck. Me la imagino bien, mirando desde la escalera a un ansioso vendedor de seguros; como en la pelí de Wilder. Sólo que ahora, esta heroína, bajo una luz demasiado hiriente, duerme en una extraña paz antes de que el tiempo siga devorándola.

Cuando salimos a la calle, un coche con banderitas pasa por nuestro lado aullando el rancio soniquete de siempre. Estamos en campaña electoral y los ornitorrincos chapotean felices en el fango. Bienvenidos al delirio.

 Acaso para alejarnos de esa herrumbre, vademos la ancha avenida para perdernos entre callejas. En un balcón alguien ha colgado una estameña donde se lee: “Todos somos griegos”. Yo no. Al lado, un puñado de hombres fuman cigarrillos junto a una pequeña iglesia ortodoxa rumana que acaban de abrir en el lugar.

 

Acudimos a una cita. Uno de esos encuentros familiares del que saldremos esquilmados. Ni siquiera podremos negociar. Tengo un sabor a tiza en la boca, cuando pienso en las pretensiones de nuestros interlocutores, en su displicencia y la apatía con la que acogeré sus insolencias . Hablaremos de dinero, claro.

Junto al ascensor, recuerdo a la mujer del cajero. Su soledad de cobaya en las entrañas del monstruo. Y fantaseo con la historia truncada que le habrá conducido hasta aquí. Los días tan largos mientras huía hacia un horizonte azul. El dolor, tal vez, de una despedida. El desaliento por las caricias muertas. O la necesidad, tan solo, de arrastrarse y fugarse del tiempo.

 Abren la puerta, Allí están los abrazos familiares, fríos como un cristal de hielo. Cuento un chiste absurdo para relajar el ambiente. Beatriz bosteza. En el sálón, Berta, una tía lejana, nos observa con severidad mientras sorbe su inevitable copita de Amaretto. Huele a col.

Y la mujer que duerme. Que hará cuando despierte. 

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