NIEBLA

 Aquí estoy, estupefacto.

En la puerta del cine, atortolado y envuelto en la huídiza niebla de estos días nerviosos, miro a hurtadillas las fotos de Freud y Jung y no me decido…Los trucos de Cronenberg a pesar de los jadeos sadomasos que intuyo y de los ríos de miel derramada sobre su método peligroso, no me seducen en esta frontera del año, despezado, que finaliza. Y es que me siento vacío, como si acabara de salir de uno de esos ceremoniales onanistas de Calixto Bieito y hubiera expulsado todas las vísceras.

 Necesito una cura blanda y no una metamorfosis. Remontar las suaves colinas de cualquiera y alejarme de las tormentas de cerebrines demasiado ansiosos. Llamo a Beatriz pero ha desaparecido en el eter. Insisto. El silencio de su móvil muerto es viscoso, como la niebla que me abraza.

 Llamo a Gómez el Vampiro, un tipo al que conocí hace unos días, cuando ámbos brujuleábamos en uno de esos gastrobares que para, nuestro placer, se abren como islas de plástico y luces suaves. Hablamos de economía ( como no) de hijos destartalados y de alguno de esos viajes imposibles que nos divierte imaginar y que nunca haremos.

 Mientras Willy Giménez & Chanella nos taladraba sin piedad, intercambiamos los teléfonos. Pero a esta hora, el suyo, también está enmudecido.

 Como esto siga así, me obligarán a irme a casa y leer una docena de páginas de Vila Matas para, así recauchutado, refugiarme en unos de esos cruceros mentales que a modo de sonda y psicofármaco utilizo para acorazarme de las ausencias. Pero suave es la noche, todavía.

 Merodeando por la ciudad me encuentro con la banda de Peter, el dentista de los ojos demasiado azules. Parecen felices, arrastrando con ellos bolsas atiborradas de compras inútiles. Peter me engarfia el codo con su robusta zarpa de estibador y me acopla a los conjurados. Van de tapas. Buscan un reducto cool con paredes cinabrio, el Bahnhof Zoo, donde fabrican las mejores piruletas de ternasco con caviar de garnacha en este lado del Ebro. Inenarrables, insustituibles, exclama una de las mujeres del clan. No sé. Me sumo sin entusiasmo.

 Advierto, mientras andamos entre gritos, un confuso rumor de cristales rotos hacia la derecha y un repiqueteo de sirenas de ambulancia, por la izquierda. La niebla se adensa. Un anciano con un gorro de lana roja se asoma a sus abismos, acuclillado junto a las puertas herméticas de una joyería.

 Sigo estupefacto. A lo mejor me hubiera convenido quedarme en el cine y seguir la terapia de Freud ?, de Jung ?, de Sabín ? Tal vez. Pero quien lo sabe…

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