PEQUEÑA DISGRESION NAVIDEÑA

A esta hora del atardecer mientras tecleo, escucho por enésima vez el inmarchitable “White Christmas” , susurrado más que cantado por Frank Sinatra. Es mi villancico preferido. Poseo como una reliquia, varias versiones de la eterna melodía de Irving Berlin. Me emociona hasta el ternurismo bochornoso cada vez que lo escucho. Es mí mantra navideño, mi epifanía, mi legado freudiano, mí polvorón sonoro, inevitable y fiel. Es mí receta para sobrevivir al empacho de buenas intenciones en este periodo evanescente y estupendo. Lo adoro y me corrompe.

 

Más tarde, me abalanzaré a la calle, codo a codo con millares más, levitando entre el humus, en un itinerario ritual que me colma.

Aceras atiborradas, risas superflúas, miradas satisfechas, legiones desguazando las tarjetas y las tiendas favoritas, abetos demasiado engalanados, belenes sospechosos.

Frenesí animal fugándose del mal. Así me gusta contemplarlo, como un disparate enloquecido para alejarse del vacío y la pérdida.

Todo eso y beber champán. Solo junto a la multitud . En mí bar favorito, mirando a los demás con la voluntad de atravesar este ensalmo de luz y almibar donde lo sé, al final, no hay nada. Acaso una resaca diáfana y un dolor incierto en algúna esquina de las tripas.

Blanca Navidad. SÍ. La reivindico ahora que la pos-posmodernidad nos incita a odiarla. Me arrebata este embeleco fugaz de alegría contagiosa, sin objeto. Cada año repetido, deseado, recordado, agotado, devorado, anhelado y, por fín, muerto.

 

Me encanta.

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