RORY EL VITAMINAS

Hubo un tiempo en el que las cosas eran  sencillas. Así, la música que nos gustaba era pura energía elemental. Simple y directa. Sin maquillaje ni laboratorio. Solidez y dinamita. Bum, Bum, Bum…

 Todo se reducía a un guitarrista más o menos turbulento que se despellejaba los dedos trasteando en los mástiles y a una sección rítmica inagotable y poderosa. Lo que aquellos tíos descargaban, eran poemas eléctricos de un par de megatones. Nada más y nada menos.

 En aquel submundo, Hendrix era el dios y Clapton su profeta. Alrededor de ellos orbitaban unos cuantos aerolitos. Mi favorito era Rory Gallagher, un vitáminico irlandés que se distinguía por ir al grano sin contemplaciones.

 Durante algún tiempo, Rory fue la banda sonora de mis divagueos. Recuerdo, incluso, una peregrinación a Barcelona para disfrutarlo en vivo y en directo. Fue una de esas mega-tanganas donde el guitarrista perdía 10 kilos de sudor bombardeándonos con una veintena de canciones y media docena de “bises” volcánicos. Del aquelarre salimos con el cerebro convertido en  pulpa y el corazón repiqueteando a 150 pulsaciones por minuto. Bum, Bum, Bum…

 

Ahora Rory el Vitaminas, murió en 1995, es una huella difusa en algún rincón de mi memoria. Pero sigue siendo un valor seguro. A veces, lo saco a pasear para que estimule mís días y agite mís huesos. 

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