RES TREMENDAE MA NON TROPPO

Sábado de Pascua. Las nubes se acumulan mientras avanzamos hacia una cicatriz del pasado. Es un viaje breve hasta el interior del Somontano. Allí en las faldas de la Sierra de Sevil, un pequeño pueblo por donde anduve hace  años, nos acoge discretamente. Acerco a los que me acompañan hasta la ruina de aquel caseron familiar que crujía por todas sus cuadernas en las quietas noches de verano. Hoy sólo queda la dovela del antiguo portón que se abre a un descampado de abrojos, ladrillos rotos, basura y el esqueleto de algún sillar desvencijado.

En las afueras...

Mientras me desembarazo del mordisco de la nostalgia por lo que fue, evoco noches en la cadiera de la gran cocina con las dos tías octogenarias, el salón de los rancios sillones escondidos entre sábanas donde se recibía a las visitas de la ciudad, los corredores de losas rojas que nos llevaban a las minúsculas alcobas y aquel cuarto del sol con su balcón de madera carcomida encima del gallinero y las patatas esparcidas por el suelo.

Luego paseamos por las calles de ese poblachón que se resiste al abandono. Se nos presenta con toda esa inútil promiscuidad de casas remodeladas por el habitual mal gusto de esos pinturrujeos imposibles que nunca ahorran sus actuales inquilinos y esas otras fachadas de viejos edificios deshabitados, en cambio, tan orgullosa y severamente desgarradas.

 Y el silencio y las miradas huidizas de apresurados rostros que son como fantasmas de otros días. Y los encuentros esporádicos y esas triviales conversaciones dibujadas con los rescoldos de infinitas ausencias. Todo es como de color ceniza. Bebemos vino local y recordamos.

Más tarde, unos cuantos kilómetros de curvas después, Alquezar, donde todo es excesivo. Su belleza de piedra limpia incrustada en las rocas, la invasión desmedida de mil  tribus urbanas, el cansino deambuleo por sus calles y la generosa e incabable comida de Casa Gervasio. En fín.

Al-Qasr

De regreso a casa, apenas hablamos. A medida que descendemos al valle, el color de la tarde es más sucio, cobrizo y me arden las tripas: he comido demasiado.

Al fondo, ya veo la ciudad. Bah, no tardaré en regresar a la sierra. Esta mañana todo era más lento; ahora, ya vuelvo a flotar agitado. Las máquinas cruzan el puente, junto a las obras del tranvía. Una ambulancia recoge a un herido junto a la Zuda. Decenas de personas cruzan el semáforo y no miran. Cosas tremendas aunque no demasiado.

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