VERMUTH

No termino de leer el artículo, tan esdrújulo, tan pelmazo, sobre el nuevo orden que viene desde el Planeta Valderas, me limito a doblar el periódico púlcramente y a depositarlo bajo la silla, en el húmedo suelo, esperando que se ramifique en  un tubérculo sin iglesia. Así son las cosas. Boniatos, ansiedad y  mucha doctrina.

Enciendo un cigarrillo Al Capone, un regalito de Mo para celebrar que la noche fue larga y aguardo el paso de los minutos al final de los cuales me espera un tobogán: uno de esos encuentros con amigotes para tomarle el pulso a la desnudez de los trabajos y al abismo de recientes viajes desolados.

Recien llegado del centro celiniano del dolor, un familiar se muere irremediablemente, por mí parte tan solo deseo respirar el aroma dulzón del  pitillo mafioso, beber algunos Izaguirres y acunarme, codos en las barras,  con ese inevitable millón de palabras devoradas.

Pasan una mujer con un águila tatuada en el cuello y un hombre bajito en zapatillas arrastrando un pequinés Discuten acaloradamente. De una panadería próxima, un tipo con un aíre vagamente parecido a Vila Matas sale corriendo con dos panes debajo del brazo y unas palmeras de chocolate. Hay gritos y carreras. Se suceden distintas bromas entre los espectadores.

Luego me trago una salmuera y me dejo llevar por un eco que me asalta, primero como un titubeo cansino, luego como un pandemonio que me martillea sin pausa. Dadá, Dadá, Dadá…

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