ESPERANDO AL FALANSTERIO ( VERDE )

 Escucho gritillos en la calle, mezclados con el estrépito airado de una máquina que resquebraja la plaza donde vivo. Me asomo y observo a unos chicos felices disfrazados de hinchas que blanden bandericas, colgajos de cartón y algunos abalorios. Gritan y se rién mucho, mientras discurren por el carril-bici para no torpedear el paso implacable de los autobuses rojos. En la radio, más tarde, inciertos profetas de siglas agrietadas por la victoria final de la herrumbre, alardearán de cifras apocalípticas. Impermeables al desaliento, aventurarán que una marea, otra,  va a llegar muy lejos. El viento, creo, gime en este minuto por esa invasión de frases vacías. 

Entretanto, la máquina de picar baldosas ha destrozado una tuberia y un volcan de agua negruzca ha brotado desde el subsuelo. Los chicos de verde fourier,  señalan con aspavientos divertidos la incidencia y siguen su camino. Sin embargo, yo calculo el coste adicional del estropicio en la próxima factura. Distintos modos de otear el paísaje lunar en estos días sulfúrícos.

Para pasar el tiempo releo una historia antigua a la que he acudido de repente; la necesidad de hacerlo ha surgido de improviso, por una referencia, por un azar eléctrico, por una palabra escupida desde el pasado: LEVANTAD CARPINTEROS LA VIGA MAESTRA.

Me lo paso bien recordando la frustrada boda de Seymour Glass y la velada presencia de un anciano, la ceniza de un habano y un río  helado de Tom Collins.

Luego suena el teléfono. Beatriz habla desde otra habitación. La escucho musitar. Esperamos noticias no agradables.

Cinco pisos más abajo, el turbión sigue hirviente. Hombres con casco miran con desaliento la grieta, mientras fuman y hablan, nerviosos, con los móviles.

Recuerdo entonces que no tenemos leche y que mís provisiones de simvastatina se han acabado.

Llaman al timbre. Abro la puerta. Un hombre de verde salud me pide ayuda. El octogenario vecino ha tenido un ataque; un ictus. Requieren mi colaboración para evacuarlo. Su mujer lloriquea, sentada en su silla de ruedas. En su tele, siempre demasiado fuerte, alguien parlotea y parlotea y parlotea. El ascensor no llega. El Falansterio ( esa cosa tectónica y verde), tampoco. Así pasan los días.

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