NUNCA…NI LA SOMBRA

Acaba de bajar del tren y se acerca, despacio, hacia donde le espero. Arrastra una maleta verde que parece pesada y se adorna con un inexcusable borsalino negro. Lleva uno de esos horribles auriculares king-size por donde, a buen seguro, le horada el cráneo cualquier vieja grabación de su banda favorita de todos los tiempos perdidos: Soft Machine.


Todavía no distingo su rostro; no sé como me vigilarán esos ojos siempre algo estremecidos y sí le temblarán las manos cuando estreche las mías. Parece más delgado, encogido, como sí se le descabalgaran las vértebras.

 

Viene de Galicia, de algúna esquina rural de Pontevedra, donde viven unos familiares no demasiado cercanos pero generosos, con los que pasa temporadas, a veces, cuando se rompe por dentro. Cuando se le hielan los dedos ( explica) porque se le amontonan las caricias vacías y necesita traficar con afectos más o menos sinceros.

Cuando remonta la escalera mecánica me saluda agitando, leve, la mano izquierda. Sonreímos.

Le conozco desde hace tanto tiempo; sin embargo, ahora lo pienso, nunca he notado que estuviera cerca, ni siquiera su sombra. Da igual. Levaremos anclas, nos perderemos por la ciudad  y volveremos a reír juntos.

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