HUELLAS DE JULIO

He viajado estos días a las colinas heladas de Islandia, para escabullirme del calor. Y en los páramos he acompañado a Erlendur Sveinsson en sus pericias sobre el rastro que dejan las heridas del alma. Y sus cicatrices. Y me ha recompensado.

 He conocido sobre un tapiz de lluvia imaginaria a un detective negro que lee a Camus y desciende al infierno de los demás, mientras pasea por los viejos cementerios desvencijados. Y ha estado bien.

He encontrado en los recovecos de Youtube, pequeñas joyitas negras de la serie B que jamás osarán pasar en la tediosa y frustrante TDT y las he disfrutado en las tranquilas noches insomnes.

 

He husmeado algunas cuevas. He intentado, con esfuerzo banal, ser el que no seré nunca. He mirado el avance inexorable de las deformidades en los dedos de los pies. He escuchado hasta agotarme INFANT EYES de Wayne Shorter.

 

Y a pesar de todo la jungla sigue ardiendo y hay mil murmullos de desaliento estrangulando el deseo.

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