TREINTE Y SIETE GRADOS -IV-

En esa terraza que anuncia el periódico, entre árboles desnutridos y una orquesta de mil grillos, alegres lugareños, ociosos y aceítados, beben brebajes recalentados y comentan las últimas insidias sobre fulanos ausentes. Son las dos de la mañana y los termostatos propios y ajenos se recrean, vigorosos, en los 30 grados tropicales.

El tiempo parece petrificado dentro de una cápsula de gas. La calima se adensa como un puré. El oxígeno ha huído y sólo se olisquea una melaza de partículas en suspensión y olores heterodoxos.

En nuestra mesa hay silencios elocuentes y sosiego. Me pregunto que hago aquí. Alguien habla de Paris ( acaba de regresar rozagante como un banquero suizo). Los demás siseamos.

Yo me pierdo y fantaseo sobre ráfagas de lluvia en el rostro y paísajes emboscados en la niebla. Sin embargo, sudo. La gente a mí alrededor, no obstante, parece féliz en este sudario que nos atrapa desde hace quince días y sus noches infinitas.

Alguien pincha una música. Una voz sinuosa y lasciva se cierne sobre las mesas como una ola de algodón. Me gustaría comer un melocotón jugoso y helado. No tengo sueño.

Supongo que volveremos a ver amanecer, otra vez, antes de cerrar los ojos bajo las aspas del ventilador.

To be continued…

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