TREINTA Y SIETE GRADOS – V –

Chéng, mi camarero taiwanés preferido, me obsequia, cada día, con un cuenco marrón repleto de frutos secos y esa sonrisa limpia que parece congelada en su rostro desde hace seis años. Entoncés aterrizó en la ciudad bimilenaria arrastrando cinco hijos, una madre octogenaria, dos tíos ateridos y un cráneo sin memoria. De inmediato, compró un local semiderruido sacando billetes arrugados de una maleta granate y un libro de recetas para fabricar tapas en serie.

Y hoy está aquí, cuidando de su rebaño con cerveza helada y toneladas de cacahuetes.

 

Pero este mediodía, he notado que suda como los demás. Nunca lo había pensado. Y eso parece irritarle. Le noto algo taciturno mientras se desliza entre las mesas de la terraza con una desgana desusada, un desaliño desconocido y la expresión torcida. Adios sonrisa.

De vez en cuando, mira al cielo y dos ó tres ideas torvas parecen cruzarse en su camino. Ya no es el mismo. Languidece.

Es posible que el anticiclón africano yugule también, uno de estos días calcinados, la sonrisa eterna de Cheng. Otra víctima colateral de este verano sadomaso.  Otro motivo para no olvidar esta sucesión de días torrefactos. Me voy al mar. Hasta luego.

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