BUREO EN HUERTAS

De pronto nos asalta una urgencia desatada. Un arrebato, un capricho deliberado. Y aquí estamos, cabalgando en el tren, en un viaje fugaz de ida y vuelta camino de la Calle Huertas (Madrid), ese rincón donde quedaron, una vez, algunos días precisos, luminosos, excesivos. Leemos cosas mientras el mundo se desliza sin verlo tras un cristal cegado por el barro. La mañana es medio gris, con oquedades levemente blanquiazules entre montañas de algodón. Estamos ansiosos por volver a revivir, como fantasmas, aquellos días engullidos.

Y ya estamos, Claudio Moyano arriba, camino de las fuentes de nuestro Nilo, en un martes cualquiera de este año de la Vendeé. Cruzamos la frontera junto al sombrío Ministerio de Sanidad y recalamos en Casa Alberto para un primer refrigerio. Allí resisten unos cuantos renegados que sondean los efectos de la Mahou en los organismos vivos. Nosotros  comemos mejillones con pistachos. Otro homenaje sesgado al pasado.

 

Luego paseamos despacio y en silencio descubriendo huecos inéditos y sombras deslizantes. Hay basura, grietas en el pavimento, mercaderes en cuclillas y oscuros Mad Men, tiesos como juncos, parapetados en Ray Ban de segunda mano, husmeando locales cerrados. Huertas, babel, hierve como siempre.

Plaza Santa Ana. Nos sentamos en la terraza de La Moderna para ver pasar la vida. Llamadas telefónicas y vuelta al tobogán. Huertas por la derecha, ahora. Una compra melíflua; otro artilugio inservible pero tan adorable(¡¡). Nos desplazamos unos metros. Fotico frente a la casa de Quevedo y al ritual. Vermut en el Populart, mecidos por un hilo de jazz.  Conversación sobre lugares, recuerdos, dudas, fechas y esa pelí que disfrutamos anoche en casa.

 

Comida en Los Rotos y chupitos en el Central, como no. A media tarde, otro café en el Lounge del Me Madrid entre rubias de plástico y camareros argentinos con tríceps. Huele bien y nos desentumecemos como sí nos fuéramos a quedar a vivir aquí entre almohadones violeta y cócteles trifásicos.

Pero es la hora de partir. Volamos hacia Atocha. Todavía tenemos tiempo de leer una de las inscripciones grabadas en el pavimento de Huertas.

 

De nuevo en el Tren. Las mismas nubes de la mañana. Rostros cansados teclean portátiles. En la tele una película de Van Damne. Cerramos los ojos…

Suena el despertador. Beatriz se levanta con todas sus toses y carraspeos. 

Dónde estoy ?. Lo divertido de los sueños es que te despiertas tan fatigado y féliz como sí de verdad, hubieran ocurrido.  

 

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