ARMAGEDÓN

Todo empezó cuando me durmieron para extraerme un angioma vascular en el ático del párpado derecho. Al   despertar, el mundo se había convertido en un mar de hielo que comenzaba a resquebrajarse. Mi sistema de alcantarillado abdominal no funcionaba. Era el 17 de Enero. Todo el mapa visceral y aledaños se negaba a cumplir sus ciclos con una obstinación que parecía una venganza por mis pecados.

En días posteriores, un médico sin previa consulta con los breviarios, me atacó con un Enema que aceleró la crisis. Otra galena se limitó a recetarme un jarabe. Pero mi cuerpo se paralizaba, menguaban las sales minerales y la creatinina se convertía en un geiser infinito.

El 4 de Febrero, tras un fin de semana de huesos húmedos y un millón de lombrices, rezongando en el baño, bebiendo agua helada y escupiendo buches de sangre, acabé en Urgencias, devastado.

Allí fui convenientemente pinchado en sitios inverosímiles, conectado a ingenios mecánicos, dializado, sondado, recauchutado y rebautizado. Alguien comunicó a mi acompañante que preparará la agenda telefónica. Guardo escasa memoria de aquellas horas colapsadas; sólo que navegaba en un limbo de niebla y sopor y una chica de azul me sonreía.

Por la mañana, me abrasaba de sed pero no me dejaban beber y un joven amable me perforaba la tripa. No muy lejos, había gritos y un colosal despliegue de esa poética del cateter tan del gusto de los desordenados soldados azules de la UCI, donde el caos es una matemática precisa. Alguien, demasiado solemne para mi gusto, me advertía que por esta vez no cruzaría la Laguna Estigia.

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Cuatro días después salía de la UCI camino de la Cuarta Planta del Hospital. Allí solo estuve unas horas. El 9 de Febrero emergía a la calle con la moral demolida pero sintiéndome como el moño de Kim Novak. Reencarnado.

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Ahora, en esta epifanía, recupero los colores de la ciudad en paseos lentos, no hay tierra en la lengua cuando como y se han elevado mis niveles de rebuznos cínicos frente a los “pucheritos” éticos de antes.

Y es que todo cambia cuando, de pronto, paseando por el filo turbio de las cosas, tomas conciencia de que solo somos un despojo defecando por una sonda.

            PD:  Hoy cuando escribo, ha muerto Eugenio Trías del que se recuerda una texto premiado donde hablaba de la muerte. Decía, por ejemplo: “Toda muerte constituye una irrupción intempestiva…Llega siempre a destiempo y no permite mediación….”  

 

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