BIZCOCHO DE LIMON

Entro en el lugar y lo primero que veo es una rodilla que reconozco al instante. Está embutida en un pantalón semejante al verde pero que parece haber perdido el pigmento original. Como tristón. Disgustado de ser verdoso sin serlo en su plenitud. Un color raro, como indefinido, sin calor. Pero esconde su piel. Eso me basta a esta hora abrazada ya por los primeros calores atrevidos. Tan esperados. No por mí…

Trepo hacia arriba y ahí está su cara y su sonrisa lejana, sin acabar, como si dibujarla cada día fuera doloroso. Me reconcilia porque la reconozco. Habla con otra mujer que anuda su cuello con un foulard rojo-atún . A ésta la identifico con una Farmacia y una esquina, con una delgadez que promete, no obstante, sorpresas y una mirada deshilachada, como de heroína de Modiano.

Huidiza
Huidiza

Vaya, que dos, admiro y me siento a su lado. Beben tés y comen bizcocho de limón que me ofrecen con un gesto que me parece precipitado. Come y Calla. Pero no me siento ajeno. Las disfruto igual aunque, tenuemente, percibo que soy inoportuno. Jugueteo con las llaves mientras me pierdo en el pantalón lejanamente verde de mi rodilla preferida y en los ojos de mar humo y gris de la rubia del foulard, demasiado ancho. Decido quedarme. Aún queda mucho bizcocho y mí templanza es ilimitada.

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