NEBRASKA

La cosa viene a ser más o menos así: Caminando junto al viejo río marrón, en una noche cualquiera de Febrero con el cierzo ululando. Beatriz dos paso atrás habla y habla de su tía y de una enfermedad antigua y desabrida. Me abandono y dejo que las palabras sean, sólo, un ruido amortiguado por gritos y bocinas.

  Es como si deambuláramos en una nube hueca camino de un lugar llamado Lincoln donde nos estrellaremos contra un sueño de cristal hecho añicos.

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  Tal vez en el camino hacia el fondo del río, cuando dejemos a la izquierda el último puente, volvamos a encontrar ese momento justo para recordar como es lo que nos separa de estar juntos y lejos.

  Pero en este segundo, lo único que me atrae es como trepana la mirada de este hombre aturdido y como nos interroga sobre el espacio negro donde se esconden las cosas.

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