HOMUNCULUS

Allí, en la biosfera de su gestualidad, ese laberinto con el que vive la sustancia de todos sus días, destaca una docena de rictus que son el gps de lo que se adivina pudo haber sido.

Es preciso señalar que hay una oquedad en esa presencia, claro está, en toda esa geografía de muecas. Nuestro ser es un puñado de helio. Gas, polvo en suspensión, un frente frío, una isobara disuelta, un subterfugio. Un logaritmo imposible.

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Y sin embargo creo adivinar en ese esbozo de mirada, en las grietas del rostro, en su forma de escrutarnos, la esbelta presencia de todas las  preguntas necesarias.

No termino de apaciguar mí apetito por convertirlo en un germen, en un ocaso, en una fiebre terminal. Es la necesidad de transformarlo en una sombra que me persiga. Pero no; es brutal su luz. La certeza que hay en sus ojos  me confirma que no poblará mis sueños. Su horizonte es limitado para viajar por la gelatina de mi cerebro. Ignora que soy otro.

No acabo de concluir si me aterra su expresión de desafío herido o la ternura del vacío que lo rodea.

El caso es que me han dicho que se dispone a viajar al otro lado, al lugar donde se construyen las tormentas. Y no puedo detenerlo.

Por lo demás, me gustan sus calcetines.

 

 

 

 

 

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