Categoría: MIRADAS

SECARRAL

Ya no llueve por este lugar donde duermo. Nunca jamás. Apenas cuentan esos llovizneos fantasmales, aleatorios, donde un puñado de gotas tímidas se suicidan antes de llegar al suelo. Y así , los ríos marrones de la vieja ciudad agostada discurren inermes, entre la vegetación que fue y una ristra de enseres raídos y abandonados. El agua desparecida muestra la devastación y los muñones. Pronto, nos instarán a ducharnos con agua embotellada.

Pese a todo, no se advierte una excesiva preocupación en los despachos. La Ciénaga parece cómoda con la tiranía del Anticiclón que nos convierte en una pradera del Chad. El Agua no es todavía, susurran, un bien escaso en nuestros afanes.

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Ya no llueve, no, para que los Narcisos pueden disfrutar del sol tibio de un otoño ecuatorial, semidesnudos y erectos, mientras los gatos husmean en los rescoldos un átomo de sombra y cualquier charco de escoria lejanamente líquida.

Por lo demás, los mandarines del clima aseguran que no hay rastro de lluvia en sus mapas. Aunque , sumergidos en su estupor académico, no aventuran posibles causas de esta ausencia implacable. Se limitan a un sinfín de contorneos en la Tele frente a las arrogantes isobaras y a un puñado de estadísticas exprimidas por un uso estacional y saciante.

Mi paraguas, en su rincón, víctima y rehén, amenaza con irse de casa, tal vez a Islandia donde le han dicho que la lluvia no es una excepción energúmena. Le entiendo. Tal ves debiera acompañarle. Añoro caminar por una tarde gris, con el agua en la cara y todos esos excrementos, tan ufanos, por fin derrotados.

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RES TREMENDAE Y MIL QUINTALES DE LODO

En aquel tiempo, los ornitorrincos decidieron purgarse con aceite arco iris y enervados y odorificantes emergieron de las cuevas para ocupar los sitiales que el Orden les había reservado . Por millones desfilaron por la Rúa, según enajerataban los cronistas satisfechisimos, dibujando con sus jeribeques un cuadro rezumante y bosquimano.

 Desde el arcén de los despistados, la tangana multifruti  parecía más bien una mixtura poligonera donde los figurantes  representaban un guión artritico que la banalidad y los chamanes habían trufado de un barrizal metafórico incomprensible. El engendro con pretensiones ecuménicas exhibía toda la retahíla tremenda de clichés empleados por el Axioma para su mayor gloria. 

La Murga destilaba alcanfor y estilemas pinturrejeados, con ese marasmo de alegría impostada que es la herencia de la posmodernidad  y sus cosméticas.

Tras las homilías y los gruñidos de la Grey, el humo se disipó y allí quedaron los escombros. En Instagram, al final de la jornada , los peripateticos parecían ajados y algo fúnebres, como deglutidos por la Cienaga y el Merengue.
 

LA ARAÑA STEINER

En un día como cualquier otro, aquel tipo que parecía  no haber dormido desde hacía semanas, leía un libro sentado incómodamente en el escalón helado que daba acceso a una vivienda ajena a su vida y a su presencia. Era evidente que el devastado lector provenía de alguna lejanía entrópica y que nada de lo que fuera a suceder en los minutos venideros, le concerniría lo más mínimo. Su ociosidad extrañada era de una pureza estremecedora.

-Tal vez por ello, el resto de pasajeros de la ciudad circulaban a su lado ignorándolo; no fuera que al  observarlo en toda aquella soledad calcárea,  malestares desconocidos pudieran brotar  en zonas sensibles de sus entrañas.

-La mañana era de una tibieza antigua que desteñía los colores e  impregnaba las cosas de un velo cobrizo y húmedo. Lo que nos rodeaba más que latir, exudaba.

-Por curiosidad quise saber que leía aquel hombre ausente que devoraba la paginas con una adusta firmeza. Me acerqué forzando la lentitud de mis pasos. Aspiraba a ser evanescente, apenas una molécula de polen; no quería ser inoportuno sino inexistente.

-Pude conseguirlo al fin y leí: EN EL CASTILLO DE BARBA AZUL. George Steiner.

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-Fue entonces cuando supe porque el tipo parecía embalsamado. Cierto: nada de lo que ocurriera a su alrededor le alejaría de aquel laberinto donde retozaba con la fiereza de un ser que necesita llegar al fondo del abismo. No por desvelar lo que desconoce. Tan solo por sentir la tensión nerviosa de todas las preguntas que el viejo druida,  esparce con la pulcritud enfermiza de un depredador. Apresado en la tela de araña de Steiner.

-Me aleje de aquella zozobra con rapidez. Sabía como acabaría. Otro terrícola licuado en un charco de palabras titilantes. No quería verlo. Ya había presenciado antes desgarros similares. Steiner, es un black mirror que te succiona hasta el esqueleto.

ENDRIAGOS

En el escenario público, sin resquemor, aparecen cada día robustos en su obstinación, febriles e intactos en su mimetismo desgarradamente estéril.

Son nuestros Monstruos. Es fácil reconocerlos: Cizaña absurda que lejos de su acoso irritante nos sanan porque ya los hemos conocido y la sorpresa de su aparición ferruginosa yace sepultada.

Son una leve herida en nuestro mapa de agresiones  diarias. Apenas nos lacera su ininterrumpida presencia. Su discurso en una voluta de humo sucio que se esparce por la Ciénaga  con la velocidad de la luz. No hay huellas de su paso.

No son quiméricos; tan solo plúmbeos. Ni su lava doctrinaria nos raspa la piel, ni su inquina escolar nos amarga el sueño. No hay putrefacción en su aliento de cobra. Su aluvión de gruñidos es una retahíla que hiede solo a revancha. Destila veneno con gas mostaza. Y no es suficiente para ahuyentarnos.

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Monstruos prefabricados para el supermercado de la fabulación. Ganga que alardea su iconoclastia pero que, al cabo, se resume en lo que dura un grito. Sus exclamaciones son veniales. Su tam-tam, una muesca difusa. Disparos al aíre. Desparpajo con gas. Almax  para las degluciones en la Taberna digital.

Se devoran a sí mismos. Coléricos se alimentan de sus víctimas. Suelen enajenarse con la lluvia de neón. Se manifiestan en grupos tribales, vestidos siempre para la ocasión. Reptan por los escenarios públicos con un estruendo que se disuelve en lo que tarda en consumirse su desdén.

Son los favoritos en los tumultos y en las conversaciones. No obstante, saben que su afán es limitado como el vuelo de un cometa maltrecho.

Monstruos para estos días de nitrógeno. Sobreviven a horcajadas en el hastío. Cierto es que su presencia nos apabulla pero sabemos que son frágiles odres de palabras . Se esfumarán de pronto y su rastro se borrará como la ceniza entre los dedos.

 

 

 

 

 

 

MIRADAS

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Toda la epopeya concentrada en esta imagen congelada, se resume en la profunda divergencia de la MIRADA. Cada uno de los protagonistas, se demora en averiguar tramas distintas de lo que ve. Diferentes alucinaciones personales.

El que pinta recrea lo que acierta a descifrar de lo que aprecia. El caballero del sombrero admite el genio pero sólo pareciera que intuye; se percibe en la distancia, en el ángulo de la cabeza que observa , demasiados interrogantes.

En cuanto al perro, nos mira entre la curiosidad y la incertidumbre. Es obvio que desea comprender pero nos vigila con atención. Advierte una intromisión. Algo no funciona como debe. Duda. Y desde luego, reniega de los que ven los otros. No le interesa.

Y nosotros, a su vez, miramos a los tres que miran y conjeturamos. Sólo atravesamos una pálida luz pero seguimos en tinieblas sobre lo que vemos. Y así, eternamente.

HUELLAS DEL ESTÍO

Mañana del 15 de Agosto. En algún lugar de la ciudad enmudecida. Mirad esa maleta ahí abandonada. Parece despojada del tiempo en que fue instrumento fugaz para el traslado, la ausencia, el movimiento…Ahora yace desahuciada. Próxima estación: el Vertedero. Fin del Viaje. Imaginad a quien la ha depositado esta madrugada porque  ya no  le basta o porque la ha sustituido y ha decidido que se convierta en un despojo junto a todos esos infinitos rastros de otras vidas satisfechas que le acompañan junto al Contenedor. 

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Hay un cabezal de cama, una bota de niño?,cigarrillos, latas, una botella. Un concentrado ejemplar de basura de vidas consumidas al instante y arrojado en ese hueco porque no hay espacio ni tiempo para esconderlas y que no nos griten que son  el cieno de nuestra inercia. Y, a la vez, que exquisito aparece el recipiente verde, hermético, desdeñoso porque solo admite vidrio y parece detestar a esos restos vagamente humildes que enseñan sus laceraciones.

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 Ved lo que fabricamos y arrojamos a la intemperie, al asfalto achicharrado. Todos esos restos desgarrados, saturados, rezumantes. Escoria satisfecha que exhibimos como huellas semánticas de rutinas centrifugadas. La cicatriz. Recuerdos de parrandas anónimas, secreciones de amanecer agotado, destilacion desaforada de fiesta, de Agosto febril, de noches prolongadas a golpes de ansiedad. 

Cuando llegue la noche, el detritus invadirá el carril-bici. Alguien se acercará a la maleza para rescatar alguna pieza codiciada que ya necrosa. Entonces, es posible que se limpie el muladar antes de que el ciclo vuelva a ponerse en marcha. A fin de cuentas, la voracidad de la especie es insaciable y no se detiene jamás.Y con el mercurio desbordado, mucho menos.

HOMUNCULUS

Allí, en la biosfera de su gestualidad, ese laberinto con el que vive la sustancia de todos sus días, destaca una docena de rictus que son el gps de lo que se adivina pudo haber sido.

Es preciso señalar que hay una oquedad en esa presencia, claro está, en toda esa geografía de muecas. Nuestro ser es un puñado de helio. Gas, polvo en suspensión, un frente frío, una isobara disuelta, un subterfugio. Un logaritmo imposible.

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Y sin embargo creo adivinar en ese esbozo de mirada, en las grietas del rostro, en su forma de escrutarnos, la esbelta presencia de todas las  preguntas necesarias.

No termino de apaciguar mí apetito por convertirlo en un germen, en un ocaso, en una fiebre terminal. Es la necesidad de transformarlo en una sombra que me persiga. Pero no; es brutal su luz. La certeza que hay en sus ojos  me confirma que no poblará mis sueños. Su horizonte es limitado para viajar por la gelatina de mi cerebro. Ignora que soy otro.

No acabo de concluir si me aterra su expresión de desafío herido o la ternura del vacío que lo rodea.

El caso es que me han dicho que se dispone a viajar al otro lado, al lugar donde se construyen las tormentas. Y no puedo detenerlo.

Por lo demás, me gustan sus calcetines.