Categoría: MIRADAS

ERAN AQUELLAS NOCHES…

Prefería siempre que la niebla nos acompañara. Era vital que la noche se recogiera a sí misma entre sombras y que a cada paso se deshilara el espacio. Necesitaba la irrealidad del rito antes que la lúz atravesando ,cruel, la ficción.

En aquellos días, en la casa de nuestros padres, el frío del Enero de Teruel era la advertencia de un ensueño feliz, de la inmediata recompensa que, sabía, se arrastraría de madrugada a los pies de mi temblor.

La niebla, firme, opaca, oscureciendo la tarde era un presagio descifrado, el láudano que necesitaba, el mapa de los deseos. Ya no hemos vuelto a creer en nada con una certeza más sólida. Aceptábamos el misterio como una prolongación del bienestar que nos proporcionaba saber que iba a ocurrir.

Aquella niebla helada no se entrometía; simplemente, era el escenario preciso para que aparecieran, magos, los que venían a remediarnos del tedio y el desasosiego.

5 de Enero. 18 Horas. Mil años después de aquellas noches…

SECARRAL

Ya no llueve por este lugar donde duermo. Nunca jamás. Apenas cuentan esos llovizneos fantasmales, aleatorios, donde un puñado de gotas tímidas se suicidan antes de llegar al suelo. Y así , los ríos marrones de la vieja ciudad agostada discurren inermes, entre la vegetación que fue y una ristra de enseres raídos y abandonados. El agua desparecida muestra la devastación y los muñones. Pronto, nos instarán a ducharnos con agua embotellada.

Pese a todo, no se advierte una excesiva preocupación en los despachos. La Ciénaga parece cómoda con la tiranía del Anticiclón que nos convierte en una pradera del Chad. El Agua no es todavía, susurran, un bien escaso en nuestros afanes.

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Ya no llueve, no, para que los Narcisos pueden disfrutar del sol tibio de un otoño ecuatorial, semidesnudos y erectos, mientras los gatos husmean en los rescoldos un átomo de sombra y cualquier charco de escoria lejanamente líquida.

Por lo demás, los mandarines del clima aseguran que no hay rastro de lluvia en sus mapas. Aunque , sumergidos en su estupor académico, no aventuran posibles causas de esta ausencia implacable. Se limitan a un sinfín de contorneos en la Tele frente a las arrogantes isobaras y a un puñado de estadísticas exprimidas por un uso estacional y saciante.

Mi paraguas, en su rincón, víctima y rehén, amenaza con irse de casa, tal vez a Islandia donde le han dicho que la lluvia no es una excepción energúmena. Le entiendo. Tal ves debiera acompañarle. Añoro caminar por una tarde gris, con el agua en la cara y todos esos excrementos, tan ufanos, por fin derrotados.

RES TREMENDAE Y MIL QUINTALES DE LODO

En aquel tiempo, los ornitorrincos decidieron purgarse con aceite arco iris y enervados y odorificantes emergieron de las cuevas para ocupar los sitiales que el Orden les había reservado . Por millones desfilaron por la Rúa, según enajerataban los cronistas satisfechisimos, dibujando con sus jeribeques un cuadro rezumante y bosquimano.

 Desde el arcén de los despistados, la tangana multifruti  parecía más bien una mixtura poligonera donde los figurantes  representaban un guión artritico que la banalidad y los chamanes habían trufado de un barrizal metafórico incomprensible. El engendro con pretensiones ecuménicas exhibía toda la retahíla tremenda de clichés empleados por el Axioma para su mayor gloria. 

La Murga destilaba alcanfor y estilemas pinturrejeados, con ese marasmo de alegría impostada que es la herencia de la posmodernidad  y sus cosméticas.

Tras las homilías y los gruñidos de la Grey, el humo se disipó y allí quedaron los escombros. En Instagram, al final de la jornada , los peripateticos parecían ajados y algo fúnebres, como deglutidos por la Cienaga y el Merengue.
 

LA ARAÑA STEINER

En un día como cualquier otro, aquel tipo que parecía  no haber dormido desde hacía semanas, leía un libro sentado incómodamente en el escalón helado que daba acceso a una vivienda ajena a su vida y a su presencia. Era evidente que el devastado lector provenía de alguna lejanía entrópica y que nada de lo que fuera a suceder en los minutos venideros, le concerniría lo más mínimo. Su ociosidad extrañada era de una pureza estremecedora.

-Tal vez por ello, el resto de pasajeros de la ciudad circulaban a su lado ignorándolo; no fuera que al  observarlo en toda aquella soledad calcárea,  malestares desconocidos pudieran brotar  en zonas sensibles de sus entrañas.

-La mañana era de una tibieza antigua que desteñía los colores e  impregnaba las cosas de un velo cobrizo y húmedo. Lo que nos rodeaba más que latir, exudaba.

-Por curiosidad quise saber que leía aquel hombre ausente que devoraba la paginas con una adusta firmeza. Me acerqué forzando la lentitud de mis pasos. Aspiraba a ser evanescente, apenas una molécula de polen; no quería ser inoportuno sino inexistente.

-Pude conseguirlo al fin y leí: EN EL CASTILLO DE BARBA AZUL. George Steiner.

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-Fue entonces cuando supe porque el tipo parecía embalsamado. Cierto: nada de lo que ocurriera a su alrededor le alejaría de aquel laberinto donde retozaba con la fiereza de un ser que necesita llegar al fondo del abismo. No por desvelar lo que desconoce. Tan solo por sentir la tensión nerviosa de todas las preguntas que el viejo druida,  esparce con la pulcritud enfermiza de un depredador. Apresado en la tela de araña de Steiner.

-Me aleje de aquella zozobra con rapidez. Sabía como acabaría. Otro terrícola licuado en un charco de palabras titilantes. No quería verlo. Ya había presenciado antes desgarros similares. Steiner, es un black mirror que te succiona hasta el esqueleto.

ENDRIAGOS

En el escenario público, sin resquemor, aparecen cada día robustos en su obstinación, febriles e intactos en su mimetismo desgarradamente estéril.

Son nuestros Monstruos. Es fácil reconocerlos: Cizaña absurda que lejos de su acoso irritante nos sanan porque ya los hemos conocido y la sorpresa de su aparición ferruginosa yace sepultada.

Son una leve herida en nuestro mapa de agresiones  diarias. Apenas nos lacera su ininterrumpida presencia. Su discurso en una voluta de humo sucio que se esparce por la Ciénaga  con la velocidad de la luz. No hay huellas de su paso.

No son quiméricos; tan solo plúmbeos. Ni su lava doctrinaria nos raspa la piel, ni su inquina escolar nos amarga el sueño. No hay putrefacción en su aliento de cobra. Su aluvión de gruñidos es una retahíla que hiede solo a revancha. Destila veneno con gas mostaza. Y no es suficiente para ahuyentarnos.

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Monstruos prefabricados para el supermercado de la fabulación. Ganga que alardea su iconoclastia pero que, al cabo, se resume en lo que dura un grito. Sus exclamaciones son veniales. Su tam-tam, una muesca difusa. Disparos al aíre. Desparpajo con gas. Almax  para las degluciones en la Taberna digital.

Se devoran a sí mismos. Coléricos se alimentan de sus víctimas. Suelen enajenarse con la lluvia de neón. Se manifiestan en grupos tribales, vestidos siempre para la ocasión. Reptan por los escenarios públicos con un estruendo que se disuelve en lo que tarda en consumirse su desdén.

Son los favoritos en los tumultos y en las conversaciones. No obstante, saben que su afán es limitado como el vuelo de un cometa maltrecho.

Monstruos para estos días de nitrógeno. Sobreviven a horcajadas en el hastío. Cierto es que su presencia nos apabulla pero sabemos que son frágiles odres de palabras . Se esfumarán de pronto y su rastro se borrará como la ceniza entre los dedos.