MARK ROTHKO

MARK ROTHKO

 Me gusta Rothko. Esas manchas de color, paralelas, sin forma, las siento, las noto como penetran y se quedan allí. En las paredes de mi casa, cuelgan un par de láminas de letón. Las miro decenas de veces y siempre desprenden la misma intensidad.

 El hombre se suicidó cuando la luz le abandonaba.

Dejo aquí un par de sus frases:

Queremos reafirmar la imagen plana. Estamos a favor de las formas planas porque destruyen la ilusión y revelan la verdad”.

Callar es bastante acertado”.

Rothko concebía sus obras como dramas, como la representación de una tragedia sin tiempo. Así afirman los críticos con la ceja levantada…


   Hay una novela de Ricardo Menéndez Salmón, LA LUZ ES MAS ANTIGUA QUE EL AMOR, donde hay una aproximación excitante sobre este pintor. 

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LA TAZA MAGICA

 LA TAZA MAGICA

 El café vuelve a circular libre por mis venas. En los últimos años lo desalojé de mi dieta. Por cautela médica y miedos inducidos. Pero ha vuelto a ser mi amigo. Me gusta corto, caliente, con espuma y sin azúcar; y prefiero tomarlo en los bares, mientras escudriño algún periódico y pienso en las musarañas.

 El problema es que la mayoría de los brebajes que me suministran son infames. Liquiduchos aguados, tibios, hechos sin oficio, directamente destinados a la gran cloaca de los cafés lamentables. Necesito algo como ésto.

No más sucedáneos.

Beatriz, , resignada a escuchar estas monsergas día tras día, me ha proporcionado esta foto precisa como un disparo en la sien. Es de Chema Madoz, un grande. La imagen es una metáfora concisa y, a la vez, rotunda. Esta taza con sumidero debería ser fabricada industrialmente, en serie. Se evitarían más catástrofes intestinales. Imaginaros miles de litros de cafés evacuados, al instante de ser servidos, a la alcantarilla.

 De momento, la foto es un guiño simbólico. Una fantasía. En una sociedad perfecta sería magia para los sentidos. Desde ahora es el anagrama perfecto para la Liga de Bebedores de Cafés Decentes, una organización cuyo único miembro soy yo.

APOCALIPSIS EN TELEBABIA

 APOCALIPSIS EN TELEBABIA

Todas las televisiones del planeta se han quedado ciegas y mudas. Esta idea peregrina la tenía incrustada en los más hondo de mis fosas occipitales, cuando la radio del vecino me ha despertado esta mañana. He pensado que era un homenaje tardío a Ernesto Sábato; su muerte me ha impulsado a releer su INFORME SOBRE CIEGOS y me ha vuelto a trastornar. No lo sé.

 El caso es que, en la somnolencia, esa utopía no me ha asombrado. Es más, me he quedado atrapado entre las sábanas, tan a gusto,  desbarrando sobre la pesadilla y todos sus múltiples afluentes.

 He imaginado legiones de ciudadanos vagando sin rumbo por las calles, huérfanos del ojo fluorescente. Turbas asaltando las tiendas de electrodomésticos para manipular, airados, los aparatos obstinadamente muertos. Ancianos desconsolados sin la presencia limpia de Ana Blanco, narrándoles un mundo indoloro de noticias sin mancha. He disfrutado, presintiendo las sucesivas comparecencias de los ministros en la Radio y en las ediciones especiales de los periódicos, para asegurar que se estaban adoptando las medidas necesarias. Me he entretenido con las hipótesis que  los poderes del mundo diseminaban, sobre el origen del mal: la catástrofe era obra del “yihadismo”, de la derecha extrema ó de ambos en promiscua  compañía.

 En fín, en la Red, la tele online tampoco funcionaba y no habría partidos del siglo nunca más.  Mientras,  los feligreses de todas las variantes de SALVAME, así como las tríbus anónimas que vuelcan su ira en los SMS de las tertulias, deambulaban con la mirada perdida en medio del gran poltergeis universal.

De pronto, un escalofrío me ha sacudido el cuerpo con una urgencia demente. Me he levantado, tropezando con los muebles, he conectado la tele y allí estaba el ojo del cíclope ardiendo como siempre. He aporreado el mando a distancia con nerviosismo y todo funcionaba con precisión. El electrodoméstico eyaculaba con plena normalidad. La noria seguía girando.

 Entonces y solo entonces, he apagado el chisme y me he ido a la cocina a desayunar.  Otro sueño que no se cumple

RADIOGRAFIAS DE LA SOLEDAD

 

RADIOGRAFIAS DE LA SOLEDAD

Entre mis películas de siempre, destella EN UN LUGAR SOLITARIO, el más sombrió relato de Nicholas Ray. En cada revisión, me sigue haciendo el mismo daño pero me aferro a ella como un adicto. Se donde está cada una de las líneas de texto que prefiero y las secuencias que más me emocionan. Pero no me cansa.

 Habla de la soledad, del desamor, de la violencia, del desarraígo y de como la felicidad se escapa entre los dedos cuando apenas te ha acompañado un instante. Bogart está mejor que nunca; en cada gesto se presiente su agonía pero también se atisba su mirada más cálida.

 

 Es humana y retrata la desolación del fracaso con una precisión que te oprime. La suelo ver cuando las cosas no van bien e, invariablemente, me rescata. Su ambigüo final me deja inerte durante un buen rato, hasta que comprendo su lógica inevitable.

 En los últimos tiempos, solo otra película me ha conmovido con una dureza similar. INCENDIES. Es distinta a la obra maestra de Nicholas Ray. Pero relata con igual desasosiego, el vacío y la violencia. Perturba con su sequedad pero es implacable en la descripción de unas vidas rotas y en la búsqueda del origen de todas las cicatrices que asolan a los personajes principales. Su final, tal vez, es demasiado geométrico y destila juicios éticos, cuando menos, discutibles. Pero es hermosa y desgarrada. Estupendo programa doble.

DIAS DE LLUVIA Y CRISTAL

DIAS DE LLUVIA Y CRISTAL

   ( Semana Santa 2.011)

  A media tarde, sentado en la hierba del talud frente al viejo y cansado río de la ciudad, me dedico a ver pasar la vida. Una piragua cruza fugaz ante mi sopor, hay nubes demasiado rotundas y oscuras hacia el Este y en la desembocadura del Huerva, dos hombres acuclillados ceban sus cañas de pescar.

 Se respira un sosiego de ausencia, aunque percibo el eco  de los centenares de ciudadanos que han huído despavoridos al otro lado de la nada. Es Martes y ya huele a incienso sedante y a cera derretida. Yo no voy a viajar; este año tampoco. Me quedo en la ciudad semivacía. Aquí me aturdiré con el trueno ritual de los tambores, con las repetidas audiciones del Dies Irae de Mozart y con las salmodias turbias en alguna procesión de la medianoche. Me basta.

  

Con Beatriz, cuando caíga la noche, saldremos a patear la ciudad y nos sentaremos en terrazas discretas para beber, cuchichear y comprobar que seguimos maniatados con un hilo de seda a  nuestros desencuentros ansiosos,  a esos rencores antiguos que tanto nos alimentan y a los deseos inevitables.

 En la cama cuando ella duerma,  leeré a Patrick Modiano, con la lluvia golpeando en la persiana, y me dejaré ir por ese abismo ensimismado donde el horizonte siempre se confunde con arrebatos insaciados.


En fín, días tranquilos de color ceniza, luz de cristal, silencios rotos, fantasmas de papel, lluvia en los párpados, pasiones sin tormenta. Semana Santa.


Bogart en la jungla de papel

Bogart en la jungla de papel

Recojo el guante. Hoy me disfrazo de Bogart para una excursión obligada a las fauces de la administración. Un simulacro para atravesar ese territorio inhóspito con el disfraz de  héroe cínico.

Centro de Salud. Interior. Día. Estoy acomodado en una fila desordenada frente al mostrador donde reparten las recetas de la seguridad social. Para entretenerme, me he dibujado una mueca bogart un punto insolente, a medias entre el desdén y la acritud, me acaricio el lóbulo de la oreja derecha y espero. A mí lado, el respetable, impaciente, hojea periódicos gratuitos y se lamenta de la lentitud de las funcionarias que, al otro lado del mostrador, teclean el ordenador con gesto impávido y se mueven con lasitud entre los papeles. Hay demasiados niños correteando entre las piernas de mama, enfermeros fumando en la calle y visitadores médicos, con el nudo corredizo de la corbata desgalichado. No hay banda sonora pero se oyen toses crudas, como estertores,  y conversaciones entrecortadas donde abunda la expresión: siempre igual…

La fila avanza cansina;  yo, para divertirme, incrusto mi fría mirada en la mujer que dispensa los papeles. Ella pasa de mí con ostentación. Sonrió, mientras que con el pulgar de la mano derecha acaricio suavemente el labio superior y me muevo con un incipiente nerviosismo. Un cuarto de hora y quince ancianos después, entregó mi tarjeta a la boa constrictor. Enarca la ceja izquierda y con voz aguda pregunta…Recetas ?. Estoy a punto de contestarle, “claro, nena…” . Pero me contengo. Mi disfraz bogartiano no llega a tanto.

En la calle, con mí dósis de pócimas químicas aseguradas para las próximas semanas, camino tres manzanas hacia el Norte. La ciudad hierve agredida por el ataque sorpresa de un frente térmico africano. Sudo apatía y detritus, mientras me acerco a las oficinas del INEM. Tengo que sellar mi tarjeta de parado de cuello blanco para que no invaliden mis derechos y bla, bla…Suena el móvil; me llama Pedro para recordarme que esta tarde nadamos en el Pabellón de Las Fuentes. Lo había olvidado.

Escena Dos. Interior. En la oficina de empleo a Boggy le espera otra cola. Hay inmigrantes husmeando en el tablón de anuncios. Un reportero pregunta abúlico a dos mujeres que han terminado su ronda en busca de trabajo; no parecen felices. Un poco más allá, dos funcionarios charlan relajados junto a una mesa repleta de carpetas azules y media docena de cactus pigmeos. En los marcadores digitales parpadea en rojo el número 125. Una chica con el pelo verde se levanta perezosa y se pierde por un largo pasillo.

En el mostrador aguarda otra funcionaria, mejillas excesivamente palidas y  gafas con montura color granada. Por provocar, le explico, con voz ronca, que la contraseña que me dieron hace tres meses para fichar por Internet no funciona. Me observa por encima de los cristales, tuerce la boca, labios delgados, resopla y afirma hosca: “Mi trabajo es sellar; no se nada más.” La miro con desgana, absorto en sus ojos herméticos. Tal vez Bogart, los dos pulgares en el cinturón, la sonrisa ladeada,  amagara una solución drástica pero yo, vuelvo a no ser él,  me limito a forzar un  rictus que pretendo innoble y escupir con insolencia un “Adios.Buenos Días” que, lo reconozco, suena mal, como un petardo amañado. Ella replica: “Oíga, más educación”.

Pero ya la he olvidado. Entro en el bar de mi amigo Huang y bebo una cerveza rápida. Debería acabar esta mañana hiriente con una visita al Banco. Tengo una conversación pendiente sobre dinero que se convierte en humo, pero he agotado mi caudal de sarcasmos. Mejor me paso por el Mercado, por la frutería de Adrían y compró unas fresas y un par de pomelos.

Mediodía. Plano americano. Exterior. Bogart camina indolente, los hombros caídos. Dobla la esquina y se pierde. Yo vuelvo a ser yo. Entonces me topo con una pintada en la pared de una pequeña librería que ha quebrado. Un corazón y dos nombres.


Me pasma esta miniatura que me explica  lo  que estamos siendo.Su efecto me impulsa, sin demora,  a cerrar esta mañana esquinada y a esfumarme. Bogart ya se ha ido al sueño eterno y ésto es lo que hay.

THE END

Huevos fritos, chismes y una cinta de Lou Reed

HUEVOS FRITOS, CHISMES Y UNA CINTA DE LOU REED

Con puntualidad prusiana, una decena de ex-trabajadores, en el primer jueves de cada mes, nos reunimos para almorzar, parlar y suturar el frágil vínculo que nos une con el pasado común. Una alegre pandilla a pesar que somos ganga residual. Un puñado de jocosos pre-jubilatas, entre los más de cuatro mil trabajadores de una empresa pública, pateados al limbo para cuadrar un balance a martillazos.

Y aquí estamos hoy mojando pan en huevos rezumantes, guarnecidos de patatas aceitosas, jamón y unos callos obsequio de la mesonera, con esa camaradería un poco forzada que nace de la necesidad de revivir la memoria compartida. Y mientras trasegamos, el vino corre ya sin tasa y el parloteo deriva en estrépito, jolgorio y confusión. La tormenta perfecta. Son las once de la mañana.


Uno de los nuestros, nos cuenta su reciente viaje a Nueva York, un antiguo sueño por fin consumado, y como ha regresado de la gran manzana con la aspera sensación de que el Imperio se desmorona y que el MOMA es un fraude (sic). Nos muestra fotos obvias, varias en la zona cero,  y un billete del metro que se ha traído de recuerdo. Otro, mete baza atropelladamente, para informarnos que un amigo común, Ramiro, está ingresado en el Clínico con un problema circulatorio inquietante. Pepe, el de San Lamberto, narra satisfecho una anecdota laboral ocurrida hace 20 años que a todos nos suena arqueológica pero que celebramos con regocijo; como si fuera la primera vez que la escuchamos. Satur, el socio del Real Zaragoza, comenta consternado que ha devuelto el carnet y que no pisará el tabernáculo de La Romareda hasta que Agapito se exilie al Congo ( dice). Etc… Etc… Yo asiento, río y bebo vino.

En el esperado climax de los carajillos, se inicia la sesión de cotilleos sobre los actuales dirigentes de nuestra empresa. Hay grandes chanzas, algún exabrupto y hasta reflexiones profundas sobre la decadencia profesional. La sección política también tiene su hueco, con los habituales brochazos apocalípticos de barra de bar. Pero a estas alturas de la fiesta mensual, las lenguas ya son de trapo y el más sobrio aprovecha para poner  fín al sarao.

-”Eh…en el próximo mes, el jueves cae en 4. Aquí como clavos…”

El cónclave, pues, se levanta, dos horas después, con profusión de apretones de manos y abrazos excesivamente cálidos. Los ojos chispeantes, las mejillas carmesí. Yo enciendo un cigarrillo y me pierdo por los vericuetos del Tubo. A la altura de El Plata, recuerdo que aquí al lado había una tienda de discos donde yo compraba vinilos y cassetes con ansia insatisfecha. Por alguna razón imprecisa, quizá por el efecto alucinógeno de la reunión de los ex,  me pongo a cavilar sobre el retorno del pasado y, en especial, sobre una cassete de Lou Reed, “Magic and Loss”“>, que compré en aquella tienda ahora mutada en un negocio de tragaperras. Las letanías del músico neoyorkino me acompañaron sin paúsa, durante una excursión por el valle del Irati, camino de Elizondo,  en la Semana Santa de hace veinte años.


Esta asociación, algo pedestre, de callos, chismes y rock and roll, me ayudan a digerir esta mañana de efusiones con sabor a dulzona nostalgia, a huevo frito proustiano.

En fin, desemboco en la Plaza España. Hace calor, observo el avance de la primavera en la profundidad de los escotes, en las risas contagiosas y me percato que mirar atrás no me deprime, todavía. Sólo me informa que mi equipaje sentimental comienza a ser un fardo pesado, con demasiados recuerdos color sepia. Sigo adelante y tecleo en el móvil el teléfono de Beatriz…